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El alcaraván y la abubilla

Autor: Hermanos Grimm
– ¿Dónde preferís llevar a pacer vuestro rebaño? – preguntó alguien a un viejo pastor de vacas.
– Aquí, señor, donde la hierba no es ni demasiado grasa ni demasiado magra; de otro modo no
va bien.
– ¿Por qué no? – preguntó el otro.
– ¿No oís desde el prado aquel grito sordo? – respondió el pastor -. Es el alcaraván, que en
otros tiempos fue pastor; y también lo era la abubilla. Os contaré la historia.

El alcaraván guardaba su ganado en prados verdes y grasos en los que crecían las flores en
profusión; por ello sus vacas se volvieron bravas y salvajes. En cambio, la abubilla las conducía
a pacer a las altas montañas secas, donde el viento juega con la arena; por lo cual sus vacas
enflaquecieron y no llegaron a desarrollarse. Cuando, al anochecer, los pastores entraban el
ganado, el alcaraván no conseguía reunir sus vacas, pues eran petulantes y se le escapaban.

Ya gritaba él: “¡Manchada, aquí!”; pero era inútil; no atendían a su llamada. Por su parte, la
abubilla tampoco podía juntarlas, por lo débiles y extenuadas que se hallaban. “¡Up, up, up!,”
les gritaba; pero todo era en vano; seguían tumbadas en la arena. Esto sucede cuando no se
procede con medida. Todavía hoy, aunque ya no guardan rebaños, gritan: el alcaraván,
“¡Manchada, aquí!,” y la abubilla. “¡Up, up, up!.”

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